Autosuficiencia

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“Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer”. Juan 15.5

La autosuficiencia no es una virtud, es un pecado porque es orgullo. Y es que no nacimos para ser autosuficientes sino dependientes. Esto es verdad tanto en el ámbito espiritual, como en el material. No existe persona en el mundo que no dependa de los demás. Dependemos del que conduce el bus para que nos lleve a nuestro destino. Del doctor para que nos sane. Del pastor para que nos recuerde de Dios. Del granjero para tener la comida. Del mecánico para que arregle el carro, etc. Tristemente, con el tiempo nuestra sociedad se ha vuelto más individualista, lo cual ha creado también la ilusión de que podemos ser autosuficientes, y que por lo tanto no necesitamos de nada, ni de nadie. Pero esto no es posible, porque fuimos creados para depender tanto de otros, como de Dios. Algunos ven esto como una maldición, y quieren vivir de manera diferente. Pero al hacerlo, lo único que hacen es probar lo opuesto, y también su estupidez. Porque, aunque con su boca profesan que no necesitan de nadie, esta convicción se autodestruye cada vez que van al doctor, al pandero, o al mecánico.

La realidad es que NO fuimos creados para ser autosuficientes, ni en el campo material ni en el espiritual. Jesús lo dijo mejor: “Yo soy la vid, vosotros los pámpanos…separados de mí nada podéis hacer”. No es virtud creerse autosuficiente, es un pecado irracional porque es orgullo. La virtud en este caso está más bien en reconocer que somos dependientes, que no podemos logarlo sin Dios, y sin los demás. Esta es una virtud, porque es humildad. Y la humildad como sabemos, es de olor grato a Dios. Mientras que la autosuficiencia por ser orgullo y pecado emana un olor nauseabundo.